Matamoros, Tamaulipas (ESPN).- EL SAMS MEMORIAL STADIUM de Brownsville, Texas, se ubica a dos millas de la frontera con México y a un mundo de distancia de la casa de Leo Ramos, del otro lado. Es la noche de jugadores de último año para el equipo de fútbol americano de la secundaria López y Leo, un corredor y defensive back de los Lobos, está en el terreno esperando ser anunciado, mirando a la multitud. Su madre nunca le ha visto jugar y tampoco lo hará esta noche.

Las tribunas están llenas. Los asistentes regresan del puesto de comidas con bolsas de patatas fritas y elote. Familiares, amigos y las novias de los jugadores tienen pintadas huellas de patas en sus mejillas y visten camisetas con adornos brillantes que dicen “Seniors 2019” y “Lobos”.

Leo está de pie puntillas para así poder ver al estacionamiento, más allá de la multitud en la puerta. Le pide prestado un teléfono celular a su entrenador, Armando Gutiérrez, con la esperanza de ver a su tío Juan, quien tenía que trabajar hasta tarde y está corriendo con Nancy, tía de Leo, para poder llegar al estadio a tiempo y poderle ver ingresar al terreno.

“Está bien, hombre. Si no llegan a tiempo, yo te acompañaré”, dice el entrenador Gutiérrez. Él conoce bien este estadio y este momento. Jugó para una escuela cercana y fue presentado en su noche de jugadores de último año en 1996.

Los tíos de Leo llegan mientras los nombres de los jugadores de último año de los Lobos son leídos: Campos… García… Mendoza… Ramírez… y después, Ramos. Juntos, ingresan al terreno abrazados, con Leo en el centro y toman una pausa para posar para las fotografías. La tía Nancy viste una camiseta amarilla con el número 28, el de la camiseta de Leo. Leo sonríe mientras los asistentes le aplauden; sin embargo, tan pronto como el flash de la cámara brilla, agacha su cabeza y piensa en su madre. Camina hacia el vestuario solo, robándose un último vistazo hacia las tribunas.

No obstante, Leo no se da el lujo de ser sentimental. Esta es una noche de viernes en el otoño de Texas y hay un partido de fútbol americano que disputar. Él y sus compañeros se reúnen en el vestuario para la formación antes de su último partido como local.

Este no es uno de esos vestuarios fastuosos con los que cuentan los programas de mayor envergadura en Dallas y otras partes del estado. No hay colores del equipo pintados en la pared, no hay nombres ni números sobre los vestidores. No hay vestidores, de hecho. Leo está sentado sobre una banca de madera oscura y desgastada, de espaldas a un cajón abierto marcado con las iniciales de otra persona. El entrenador Gutiérrez toma su puesto en el centro del círculo que sus jugadores han formado y hace pausa por un momento.

“Qué clase de hombres quieren ser? Saben de dónde vienen. Ustedes saben lo que la gente espera de ustedes. Necesitan salir y demostrarles a todos que están equivocados, cada día.”Coach Armando Gutiérrez a sus jugadores

“¿Qué clase de hombres quieren ser?”, pregunta. “Saben de dónde vienen. Ustedes saben lo que la gente espera de ustedes. Necesitan salir y demostrarles a todos que están equivocados, cada día”. El entrenador mira a los ojos a cada uno de sus jugadores, uno por uno, alzando su voz. “Siéntanse orgullosos de quiénes son. Estén orgullosos de quienes se han convertido. La próxima vez que hablen sobre lo ocurrido esta noche, será un recuerdo. Así que, hagan un buen recuerdo”.

El fútbol americano en Brownsville es distinto a lo que se ve en otras ciudades de Estados Unidos. La camiseta en la espalda de Leo representa un símbolo de la vida y oportunidades que busca de este lado de la frontera. Leo es el único miembro de su familia nacido en Estados Unidos. De niño, su madre lo llevó a México, aunque después lo envió a Brownsville para vivir con sus tíos cuando Leo tenía ocho años.

“Fue la decisión más difícil de mi vida”, afirma.

Ella y los cuatro hermanos menores de Leo viven del otro lado del puente internacional en Matamoros, en el estado de Tamaulipas en México y no pueden viajar a los Estados Unidos. Tamaulipas tiene impuesta una advertencia Nivel 4 por parte del Departamento de Estado de Estados Unidos (el mismo nivel asignado a los viajes a Siria y Afganistán) debido a los altos promedios de violencia y secuestros ejecutados por los carteles de la droga en la región. A pesar de esas realidades, Leo y sus compañeros intentan conseguir una sensación de estar en casa a ambos lados de la frontera.

MATAMOROS Y BROWNSVILLE son ciudades hermanas, naturalmente separadas por el Río Grande y, de forma más notable, por una cerca de acero de 20 pies de alto, autorizada por la Ley de Cercado Seguro de 2006, la cual cruza el margen norte del río.

En el centro de Brownsville, la cumbia mexicana retumba por las puertas abiertas de pequeñas tiendas de alimentos y otras que venden flores de seda. La población de Brownsville, de aproximadamente 180.000 personas, tiene aproximadamente un 95 por ciento de habitantes de origen latino. La ciudad es pobre, la segunda más pobre del país, según el Buró del Censo de Estados Unidos. Muchas de las personas que trabajan en estas tiendas cruzan el puente noche tras noche para regresar a sus hogares en México, donde el costo de la vida es mucho menor.

Desde el ángulo apropiado, casi se puede olvidar de qué lado de la frontera se encuentra uno; sin embargo, al ampliar la vista se hace evidente. Brownsville es una ciudad militarizada con vigilancia implacable. Desplazarse por la población conlleva una sensación de tensión. Vehículos y uniformes adornados con los logos de Protección de Aduanas y Fronteras, Inmigración y Control de Aduanas, la Policía de Brownsville, las Tropas del Estado de Texas y la Guardia Nacional de Estados Unidos patrullan las calles de día y noche.

Leo vive aproximadamente a 2.000 pies de la frontera en el extremo más sur del estado de Texas, en una parte de la población llamada La Southmost. Las personas allí adoran a sus hijos jugadores de fútbol americano y aman a sus Dallas Cowboys. Después de cada victoria de los Cowboys, La Southmost es sede de La Pitada, una celebración en la cual cientos de autos forman una caravana improvisada y hacen sonar sus bocinas por las calles. Los pobladores, vestidos con camisetas de los Cowboys, se paran por encima de las cajuelas de sus camionetas y se asoman a las ventanas ondeando banderas de Estados Unidos y banderines de los Cowboys.

Hubo una época en Brownsville (al menos hasta finales de los años 90) en la cual la gente depositaba monedas en los peajes del puente internacional, el punto más al sur de entrada desde México a Estados Unidos y cruzaban hasta Matamoros para almorzar, hacer compras o disfrutar de una noche de esparcimiento. En la secundaria, el entrenador Gutiérrez y sus amigos iban a México para su almuerzo en el sexto periodo y regresar para participar de actividades atléticas en el séptimo periodo. En su mayoría, la gente recuerda sentirse segura en sus visitas a Matamoros, una ciudad de mucho mayor tamaño con aproximadamente 450.000 personas, pero todo eso cambió en 2010.


EL CARTEL DEL GOLFO es uno de los grupos de delincuencia organizada más antiguos en México, activo desde los años 30. Su principal actividad es el tráfico de drogas. Otros crímenes (lavado de dinero, extorsión, secuestros, asesinatos) son todos derivados que alimentan al rio en el cual fluye el narcotráfico. En febrero de 2010, los Zetas, una fracción del Cartel del Golfo, rompió con este último. Inmediatamente, una guerra entre carteles estalló en Matamoros por el control del territorio y así comenzó lo que se ha convertido en casi una década de violencia indescriptible e indiscriminada por todo Matamoros, incluyendo secuestros, decapitaciones, torturas y crímenes.

Mientras tanto, las cifras de delincuencia en Brownsville son menores a las de todo el estado de Texas, destacando la realidad dual que no solo viven Leo y su familia; palpable en tantos pueblos y familias fronterizas por todo el Suroccidente de Estados Unidos. Sus vidas no son completamente definidas por la violencia del otro lado de la frontera, aunque se asemeja a ver una tormenta armarse en la distancia, lo que crea una sensación constante de intranquilidad.

“Puedes ver (en las noticias) que hubo un tiroteo en México; sin embargo, la realidad es que se produce justo a nuestro lado”, dice la tía Nancy. “¿Qué puedo hacer? ¿Cómo me alejo de ello?”

Leo y sus tíos intentan visitar a su madre, hermanos y hermana cada sábado, pero en algunas semanas es demasiado peligroso.

“Todo se hace más aterrorizante, porque algo te puede pegar de la nada”, dice Leo. “Estoy más consciente de lo que me rodea. Comienzo por ver por todos lados”.

Cada vez que Leo deja a su familia para regresar a Estados Unidos, éste comienza a ver por la ventana del auto mientras las vías se hacen más fáciles de transitar, preguntándose si ellos podrán mantenerse seguros hasta la próxima ocasión que los pueda ver. Él sabe (todos lo saben) que él trabaja para construir lo que espera será una vida mejor para todos ellos, pero a veces siente que el tiempo corre en su contra. Su hermano tiene 14 años y Leo se preocupa de que pronto, él podría ser reclutado por el cartel.

“Pienso que él dice adiós de forma feliz, como diciendo: ‘Muy bien, mamá, adiós. Te veré la próxima semana'”, dice Nancy. “Sin embargo, él no quiere mostrar esa sensación de: ‘Oh, Dios mío, me iré una semana más y si no regreso la próxima semana, será a la semana siguiente’. ¿Sabes? Esa sensación, pero él lo expresa con felicidad para que su madre y hermanos no puedan percibirlo”.

LEO ES VELOZ. Se impulsa por la cancha como si hubiera un reto entre su fuerza de voluntad y su cuerpo para ver cual cede primero. Después de largas carreras consecutivas en un partido entre rivales locales en noviembre pasado, se inclina sobre una caneca de basura a un lado del terreno esperando a ver si termina vomitando y luego vuelve a formarse para la próxima jugada.

A Leo le gusta el fútbol americano por muchas razones, siendo los golpes la última de ellas. Cuando hay tantos elementos de tu vida forjados por una violencia que no puedes controlar, la violencia que se puede controlar se siente bien.v

“Los golpes me quitaron el miedo por todo lo que sucedía alrededor de mi familia”, afirma. “(Cuando) estoy jugando al fútbol americano, no pienso en nada negativo: la situación de mi familia, que vivan en México. Cuando juego al fútbol americano, lo hago con pasión porque sé que estoy jugando por ellos”:

El entrenador Gutiérrez conoce bien esa sensación. También es estadounidense de primera generación: el hijo mayor de una madre soltera que era trabajadora emigrante cuando él era un niño.

“Mi padre nos dejó yo tenía cuatro años y el fútbol americano era la única forma que tenía de liberar la agresión”, afirma. “Creo que Leo tiene el mismo fuego por dentro. Cuando está en la cancha, su conducta cambia. Está concentrado y enfocado… de todos los que están allí, él dará un paso adelante”.

El entrenador Gutiérrez jugaba al fútbol americano en Brownsville, asistió a la University of North Texas y entrenó programas de alto nivel en secundarias en Dallas y Denton, Texas. Después de 10 años en esos sitios, hubo algo (un plan de Dios, la aproximación de su cumpleaños 40, el instinto inefable que te hace volver a los lugares de donde provenimos) que lo hizo regresar a su terruño en agosto de 2018.

A principios de temporada, la secundaria López jugaba contra la secundaria Donna y Leo anotó un touchdown de 65 yardas con un punt return faltando 35 segundos en el marcador para darle ventaja a los Lobos. Fue una jugada digna de un resumen televisivo, hasta que fuera sancionada con un bloqueo ilegal. Los Lobos perdieron 17-14.

“Llegó acá… y se puso a llorar durante aproximadamente 30 minutos”, afirma el entrenador Gutiérrez.

Leo en general es tímido. Emite una sensación de consideración y educación; sin embargo, como la mayoría de los chicos de 17 años, sus emociones son tan enredadas y complejas como las raíces de un roble. El entrenador Gutiérrez sabía que Leo lloraba por algo más que una jugada. Sabía que ni siquiera se trataba de una cosa en particular: el peso de vivir la vida más allá de los años, o de vivir con las emociones a flor de piel para intentar sostener una familia y vivir una vida digna de su sacrificio, podía terminar siendo demasiado para un joven.

“También le conté mi historia”, dice el entrenador Gutiérrez. “Se sentó y me dijo: ‘¿Entonces usted lo entiende?’. Le respondí: ‘Completamente'”.

El fútbol americano es un lujo en Brownsville. Es lo que ocurre después que se terminan las labores y se cuida a la familia, aunque también es el enrejado contra el cual Leo ha crecido y gracias a él, sigue entendiendo cuál es su camino.

“Esa jugada representó mucho para mí porque la había hecho para mi equipo. Me dijo que, cuando uno menos lo espera, alguien va a quitarte algo por lo cual uno ha trabajado tanto”.

MIENTRAS SE ACERCA a la frontera con México, Leo saca sus manos y mira por la ventana. Su pierna salta como si todas las cosas que tiene en mente están desesperadas por salir de su mente.

Ha hecho este viaje durante casi una década, pero jamás ha dejado de pensar en el riesgo que conlleva.

Su madre y su tñía revisan Facebook a diario, a veces cada hora, para ver cuáles son las zonas del pueblo activas con tiroteos y actividad de los carteles. Cuando la violencia hace metástasis, todos permanecen dentro de sus viviendas. Esta semana, parece que todo está bien para hacer la visita.

Cerca de la frontera, del lado de Matamoros, se encuentra un área que los locales en Brownsville denominan “la zona verde” (unas tiendas pequeñas, una farmacia, una taquería) que es considerada segura para visitar. Al proseguir y ver como los edificios se deterioran aún más, el tráfico de peatones se hace escaso. Las casas están justo frente a las vías, cada una pintada de forma brillante con un patio pequeño y cerrado por una puerta de hierro.

“Hay mucha presión. Hay mucha presión, consciente de que, si fallo, les estoy fallando a ellos y no quiero hacer eso.” Leo Ramos, sobre vivir en Brownsville mientras su familia está en Matamoros

Leo, por haber nacido en Texas, disfruta de derechos y oportunidades que su madre y hermanos no tienen. Obviamente, es difícil estar lejos de ellos (separados por leyes y policías más allá de su control) pero de forma diferente, estar con ellos por breves periodos de tiempo también puede tener dificultad.

Ángel los saluda a la puerta de la casa de su madre. Los dos hermanos intercambian mensajes de texto durante la semana (en su mayoría sobre chicas y los deportes de pista y campo o el fútbol americano) pero las cosas han sido diferentes durante aproximadamente el último año. La distancia, tanto figurada como literalmente, se ha hecho cada vez más difícil de recortar.

“Quiero decir, al estar lejos de mi familia, realmente nos ha distanciado mucho”, afirma Leo. “Y seré honesto, a veces cuando voy a Matamoros, no paso el tiempo con mi familia de la mejor manera. A veces, solo voy a mi habitación y me encierro allí… me siento culpable por ello, porque en vez de comunicarme con mi familia, me encierro sin razón”.

Leo trajo con él un video de su reciente competencia de atletismo. Toda la familia se reúne alrededor de la mesa de la cocina y le ve correr. Hasta sus dos hermanos de 8 años están pendientes y tranquilos. La madre de Leo llora discretamente, con una sonrisa triste frente a la pantalla. Ella está criando sola a los cuatro hermanos de Leo, ganando aproximadamente $7 al día trabajando en un salón de manicuras. Ella sabe que estas oportunidades no existirían para Leo en Matamoros, pero esto no alivia la dificultad de ver a su primogénito vivir su vida sin ella.

Cuando se aproxima la hora de partir, Leo permanece frente a la puerta. Su hermana lo abraza fuertemente por la cintura y cierra sus ojos. No pasa mucho tiempo antes de que una familiar sensación de pesadez rodea sus pensamientos, como si fuera una neblina que abruma su mente.

“Hay mucha presión. Hay mucha presión, consciente de que, si fallo, les estoy fallando a ellos y no quiero hacer eso. Honestamente quiero tener éxito, ¿sabes? Y quiero demostrarles de que todo es posible, de que estoy aquí, sabes, teniendo una buena educación, haciendo deportes sin tener que pagar por ello”, afirma. “A veces me pregunto: ‘¿por qué yo? ¿por qué no puede ser que el resto de mis hermanos viva acá y tenga una buena vida?’ A veces, es muy difícil pensar en ello”.


EL ENTRENADOR GUTIÉRREZ mira desde la línea de 30 yardas mientras los jugadores de último año hacen vueltas por la pista del estadio. Sus amigos se incorporan, todos vestidos de azul y dorado y juntos cantan, hacen coros y toman fotografías, divirtiéndose en un momento por el cual muchos de ellos sentirán nostalgia algún día. Los Lobos perdieron el partido en la noche de jugadores de ultimo año, pero jamás se rindieron contra el mejor equipo del distrito. Leo corrió por un touchdown. Hay muchas cosas por las cuales sentirse orgullosos.

Leo y sus dos mejores amigos lideran a los jugadores de último año mientras hacen su vuelta final. El suyo es un equipo de hombres jóvenes: algunos de ellos hacen fila en el puente internacional antes del amanecer y cruzan la frontera todas las mañanas para ir a la escuela, otros que son indocumentados y no están seguros de qué vendrá para ellos después, otros que han perdido sus seres queridos por la violencia en Matamoros y otros tantos que han visto cómo miembros de sus familias han sido captados por el cartel. Sus historias son diferentes, pero están definidas por cercados, temores, puentes y camionetas marcadas.

Existe una dualidad en cada uno de ellos como la hay en el fútbol americano aquí en Brownsville. Esta es su experiencia norteamericana mientras navegan tratando de entender lo que significa ser mexicano-estadounidense o estadounidense-mexicano.

Después que la multitud ha comenzado a partir, Leo y sus dos amigos caminan hacia la línea de 50 yardas. En el centro del campo, el mapa del estado de Texas está pintado en rojo, blanco y azul. Se arrodillan justo en el centro y con las manos en los hombros del otro, comienzan a orar.

“Oramos pidiendo días mejores”, afirma. “Porque todos nosotros pasamos por algo distinto cada día”.

Pocos meses después, Leo vuelve a ingresar al terreno. En esta ocasión, viste una toga de graduación azul marino. Las luces del estadio están encendidas y la tribuna, una vez más, está repleta. Sabe que su madre no está presente, pero sigue esperando ver su rostro en la multitud. Se sienta junto a sus compañeros y espera que llamen su nombre.

Hacia el final de la ceremonia, la clase 2019 de la secundaria López Early College cambia la posición de sus birretes y con eso, Leo logra lo que su madre esperaba que él pudiera hacer cuando lo envió a Brownsville hace 10 años. Posteriormente, sus tíos le saludan con globos y abrazos.

“Finalmente lo hice. Ese fue el momento. Finalmente lo hice”, dice Leo. “Logré una de las metas que le prometí a mi mamá que iba a cumplir, que era llegar a mi último año y que me iba a graduar”.

Leo no está seguro de lo que vendrá después. Tiene una oferta para competir en atletismo con la Central Methodist University en Misuri, si sus pruebas académicas tienen las calificaciones necesarias. Su madre siente cierto conflicto por la posibilidad de que él se mude tan lejos y eso afecta a Leo.

“Ella no estaba feliz. Solo dijo unas cuantas palabras, miró su teléfono, se levantó y se marchó”, afirma con respecto al momento en el cual le comentó sobre sus posibilidades de asistir a la universidad.

Sin embargo, Leo cree que ella terminará entendiendo. Ahora, que tiene 18 años, espera aplicar legalmente para que su madre y hermanos puedan estar juntos en Estados Unidos, aunque esto requerirá navegar por un sistema de inmigración intimidante y en constante cambio.

“Cada día, me digo: ‘Lo vas a hacer y lo harás bien. No vas a fallar. Tienes esta oportunidad y no la dejarás ir'”, expresa.

A veces, se pregunta cómo sería su vida fuera de Brownsville y Matamoros, oportunidades que podría tener más allá del Valle del Río Grande, pero cuesta mucho ver más allá de la cerca y del río, del golfo que divide y define la única vida que su familia conoce. Incluso, mirando hacia adelante, Leo se siente atraído por su hogar.

“Solo quiero seguir enorgulleciéndola”, dice Leo. “Esa es mi meta”.

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